Reflexiones sobre la mirada como elemento articulador en la curaduría educativa

“ Lo que uno percibe al mirar no es nada en relación con lo que se imagina” (Bachelard, 1975: 9)

 Una gran cantidad de experiencias artísticas se ven atravesadas por “la mirada”. Ésta, desde la curaduría educativa, puede ser vista como elemento articulador del diálogo y la construcción de sentidos y de aprendizaje e interrelación de un público en torno a la experiencia estética, la emoción y la reflexión individual y cultural -aún sin que se sea consciente de ello-, que puede conceptualizarse desde múltiples perspectivas.

Decir “mirada”, ya incluso en su escueta definición formal, es un decir que adquiere múltiples sentidos. Semánticamente “llena” y extensa, esta palabra se posiciona desde su connotación más elemental, como “dirigir la vista”, “inquirir”, “buscar” o “juzgar” (DRAE), hasta la que deviene expresión de la subjetividad del ser humano, como acto y efecto de “ver más allá de lo visible”. La mirada, partiendo de la facultad humana de la visión, se detona por un complejo dispositivo biológico y psicológico mediado por el aprendizaje social y cultural y por la posibilidades de representación simbólica que un sujeto posee con base en su contexto y experiencia; el cuerpo, dice Merleau-Ponty (1986) -al referirse al pintor y su crear-, no es “un pedazo de espacio, un fascículo de funciones, sino un entrelazado de visión y movimiento” (p. 15).

Para la perspectiva fenomenológica, la expresión de la subjetividad viene dada en y por el cuerpo mismo, por ende, la vista, entre otros sentidos, da pauta a la función cognitiva de la percepción, la cual a su vez al ir al exterior de un sujeto se ve transformada por el aprendizaje social; si la percepción es la que media la relación de un sujeto con el mundo,  nace aquí un paradigma: la vista pertenece al ojo en tanto que la mirada es una forma de  percibir, posibilidad de trascender el estímulo al ojo, para fijar su “atención” en alguna parte de la realidad que desde la experiencia y forjado cultural de un individuo, adquiere algún sentido o, por el contrario, sorprende y requiere ser entendido:

… la cualidad sensible, lejos de ser coexistiva con la percepción, es el producto natural de una actitud de curiosidad o de observación. Aparece cuando, en lugar de abandonar toda mi mirada al mundo, me vuelvo hacia esa misma mirada y me pregunto qué es lo que exactamente veo; no figura en el comercio natural de mi visión con el mundo, es la respuesta a una pregunta de mi mirada… (Merleau-Ponty, 1994: 241)

La mirada, así, desde el constructo fenomenológico, es una forma de conocimiento y aprehensión del mundo selectiva, intencionada, trascendente, crítica, pero también, como dice Villamil Pineda[i], simboliza, otorga significado, organiza la percepción y “se apropia” de lo mirado.

La mirada otorga una especie de resemantización de la imagen a partir la experiencia. Más allá de la discusión, planteada entre otros por Aumont[ii], en relación con la analogía entre imagen y realidad, lo que resalta en la mirada es la capacidad de significar un instante que el propio Aumont, refiriendo a Gorthold Ephraim, denomina el instante esencial, ese “que se fija en la representación” (Aumont, 1992: 245) por quien creó o captó esa imagen.

Queda claro que fenomenológicamente, una imagen que pretendiera ofrecerse como experiencia estética -o de aprendizaje- se encuentra ya permeada por la propia mirada del autor, al tiempo que la posibilidad de que cada vez sea nuevamente mirada y reinterpretada se abre plenamente al espectador. Sin embargo, en un sentido hermenéutico, la mirada posibilitaría también estar abiertos a lo que la imagen quiera decir: “Lo que constituye el lenguaje del arte es precisamente que le habla a la propia autocomprensión de cada uno, y lo hace en cuanto presente cada vez y por su propia actualidad (Gegenwartigkeit). Más aún, es precisamente su actualidad (Gegenwartigkeit) la que hace que la obra se convierta en lenguaje. “Todo depende de cómo se dice algo”. (Gadamer, 1998: 60-61). Así, la perspectiva hermenéutica sobre la mirada y la estética, sea desde  creador o desde quien se aproxima a la obra, pone en claro la resonancia y la interrelación dinámica y dialógica entre ambas:

… la conversación con el otro, sus objeciones o su aprobación, su comprensión y también sus malentendidos son una especie de ampliación de nuestra individualidad y una piedra de toque del posible acuerdo al que la razón nos invita. Se puede concebir toda una filosofía de la conversación partiendo de estas experiencias: el punto de vista intransferible del individuo, en el que se refleja el mundo entero, y este mismo mundo que se ofrece en los distintos puntos de vista individuales como un mismo e idéntico mundo. Según la grandiosa concepción metafísica de Leibniz, admirada por Goethe, los múltiples espejos del universo que son los individuos componen en su conjunto el único universo. Este universo se podría configurar en un universo del dialogo. (Gadamer, 1992: 206)

En este contexto, la intervención curatorial educativa cobra un doble sentido: el de mediación interpretativa, donde se develan las narrativas intencionalmente construidas en torno a la exposición y el objeto, pero igualmente el de facilitar un diálogo donde también la intencionalidad y la narrativa del espectador se suman a la riqueza de lo expuesto:

Las determinaciones fisiológicas y psicológicas (…) de la relación del espectador con la imagen, no bastan, evidentemente, para describir completamente esta relación. Esta se encuadra, además, en un conjunto de determinaciones que engloban e influyen en toda relación individual con las imágenes. Entre estas determinaciones sociales figuran, en especial, los medios y técnicas de producción de las imágenes, su modo de circulación y, eventualmente, de reproducción, los lugares en lo que ellas son accesibles, los soportes que sirven para difundirlas… (Aumont, 1992: 143)

La mirada, así, se desdobla al acercarse a la exposición desde el propio referente experiencial e interpretativo, pero también al verse guiada en sus sentidos polisémicos, mediante un dispositivo curatorial educativo epistemológicamente congruente con la concepción del proyecto en su conjunto.

*Imagen del texto: Sara Elena Mendoza Ortega ©

Fuentes de consulta

Aumont, J. (1992). La imagen, Barcelona: Paidós.

Bachelard, G. (1975). La llama de una vela, Caracas: Monte Ávila Editores. C.A.

Gadamer, H.G. (1992). Verdad y Método, Tomo II, Salamanca: Ediciones Sígueme.

Gadamer, H.G. (1998). Estética y Hermenéutica, Madrid: Tecnos.

Merleau-Ponty, M. (1986). El ojo y la mirada, Barcelona: Paidós Ibérica.

Merleau-Ponty, M. (1994). Fenomenología de la percepción, España: Planeta-Agostini.

 

[i] Ver: Villamil, M.A. (2009, enero-junio). Fenomenología de la mirada, en Discusiones Filosóficas. 10 (14)  97-118.  Recuperado el 29 de junio de 2014, de http://discusionesfilosoficas.ucaldas.edu.co/downloads/Discusiones10(14)_6.pdf

[ii] Aumont, J. (1992). La imagen, Barcelona: Paidós.

Sara Elena Mendoza Ortega

Profesora y psicóloga, con estudios de posgrado en Ciencias Sociales, género, educación de personas jóvenes y adultas y alfabetización; profesional de la educación; poeta y fotógrafa diletante. @sarel2009

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