De la cámara de resonancia al museo centrado en la sociedad

“El sentido común solamente prevalecerá en nuestras instituciones si son realmente ‘comunes’; si no son el vehículo para intereses privados, o un instrumento en la preservación y refuerzo de estructuras que son todo menos ‘comunes’.” (Carrillo, 2018)

 

Desde inicio de marzo, los museos han poblado las redes de recorridos virtuales, actividades y, en el mejor de los casos, de programas justos y oportunos; se han dado encuentros que se habían pospuesto o aquéllos que en otras condiciones no hubieran existido; también se han dado más ojeadas, miradas superficiales, y ruido de fondo. Y cuando el respirar, observar y escuchar parece una prerrogativa, me pregunto las implicaciones éticas de esta gran cámara de resonancia.

 

La respuesta a la emergencia del COVID-19, a la demanda de los derechos civiles y la crisis que todo esto ha recrudecido, se ha dado desde dos relatos generales (no mutuamente excluyentes): Uno es el que plantea la producción y difusión como una alternativa para mantener vínculos con sus públicos, y el otro es el que delibera la pertinencia cuantitativa y cualitativa de estas estrategias. De cualquiera manera, la institución ha divisado una oportunidad o una urgencia, y ha exigido a sus colaboradorxs tal generación de materiales[1] que, al mismo tiempo, ha subrayado los modos y entornos en los que se generan muchas de dichas dinámicas: rapidez, condicionamiento, precarización, trivialidad, etcétera.

 

En este tiempo, se ha reafirmado la inseguridad económica de los museos y “su fragilidad como espacio de enunciación pública” (Carrillo, 2018), quizá contrario al discurso que habla de un museo social. Resulta que, en tres meses, se ha evidenciado que nuestra panacea es para unxs cuantxs[2], aquellxs que cuentan con Internet, computadora y suficiente tiempo libre de actividades domésticas, familiares y laborales, que no incluye a lxs trabajadorxs de museos por que mientras producen bajo una presión y exposición[3] innecesaria, a ellxs, eventualmente, hay que recortarles sueldos, tiempos, prestaciones.

 

“Diseñamos herramientas y modelos para ayudarnos a ver el mundo de nuevas maneras, pero ello también cambió cómo pensamos. Formamos modelos, y a cambio éstos nos formaron.”
(IF, 2020)

 

En una reciente entrevista, Carmen Gaitán, directora del Museo Nacional de Arte (MUNAL), una de las instituciones culturales más importantes de México, declaró sin vacilar que en este tiempo “…la única manera de llegar al audiencia son las redes sociales…”. Mientras que para algunxs el mundo se cierra, para otrxs emergen posibilidades colaborativas –no solamente virtuales– con sus públicos: Armando Perla e Isabel Dapena han puesto un ejemplo contundentísimo de frente, la labor que el equipo del Museo Casa de la Memoria ha realizado en Medellín, Colombia. Iniciado como una estrategia de la Alcaldía[4] y respaldado por el trabajo comunitario del Museo, este trabajo responde tanto a la emergencia del COVID-19 en áreas de comunicación, refugio, salud y comida como a la continuidad de proyectos en los que el Museo ha sido parte del fortalecimiento de su barrio.

 

Y sí, aún con los espacios físicos cerrados, es posible realizar mediaciones deconstructivas, reformativas y transformativas –en términos de Carmen Mörsch, por que aún existen medios como el teléfono y la carta; por que sí suceden alianzas entre las organizaciones educativas, las dependencias gubernamentales y la iniciativa privada[5].

 

Si algo ha sido evidente es que es urgente pensar y construir el museo fuera de sus límites (no solamente físicos, sino ontológicos). Así como se plantea la reflexión y el respiro en la vía del autocuidado personal, en un proceso de empatía institucional también el museo habría de dar un par de pasos hacia atrás y escuchar. Desarrollar proyectos (actividades, materiales, recursos) en la red es diferente a hacerlo para emplearlos dentro del edificio o para un impreso, y hacerlo en un estado del que recién nos percatamos, requiere de un tiempo diferente y de una lógica por descubrir.

 

“El desafío consistiría en imaginar un futuro para los museos que desmonte imaginarios consumistas y reconstruya comunidades cooperativas. Museos que diseñen sus actividades de manera colaborativa con las comunidades con las que se relacionen; que desafíen las normas de lo que ha de mostrarse y cómo ha de mostrarse.”
(Fernández del Amo, 2020)

 

Las revoluciones no suceden de forma aislada, suceden en movimiento en la calle o en las redes, en la denuncia, en la demanda, en grupo. Es así como los modelos y patrones que ofrece el museo pueden cambiar: Hemos intentado pasar de un museo centrado en objetos a un museo centrado en personas, pero –como hemos aprendido– para sobrevivir necesitamos hacerlo en comunidad. ¿Cómo podemos atender al individuo que se relaciona, que afecta y es afectado? y ¿cómo lo podemos hacer desde los recursos que ofrecemos y los proyectos que emprendemos?

 

Aunque no es del todo nuevo, el diseño centrado en la sociedad es un planteamiento que se está trabajando desde la tecnología –específicamente con respecto el uso de datos, esos mismos que venden empresas como Facebook y que hemos usado incansablemente en la difusión de las misiones de los museos– para abordar la amplitud de las implicaciones éticas en un nivel social. Se funda en principios que parten de la empatía y la humanidad (como comportamiento), como la compasión, la representación y el bien común.

 

Rescato algunas de las nociones del manifiesto firmado por el estudio IF, especializado en el uso ético y práctico de datos, como bosquejo de lo que puede ser una alternativa –más que un método– para una mediación responsable y social en la emergencia:

 

  • Empoderamiento ciudadano y agencia colectiva: ¿Cómo podemos hacer que las personas participen en los procesos y toma de decisiones?, ¿nos resguardamos en un marco de autoridad para no escuchar?, ¿abrazamos la resistencia?
  • Bien común y justicia social: ¿Cómo nuestras acciones nos fortalecen como colectividad?, ¿cómo es que este proceso puede ser compartido?, ¿cómo nos incluimos, diversificamos y representamos?
  • Sistema ético: ¿Es una propuesta justa y equitativa en su diseño y dirección?, ¿cómo mantenemos el lado humano de la interacción?, ¿quién contiene el poder en el uso de estos medios? y ¿cómo puede redistribuirse?
  • Bienestar y cuidado[6]: ¿Será que el proceso de desarrollo, producción, recepción y uso de las herramientas que generamos pone al centro el bienestar y el cuidado de las personas?, ¿somos responsables de mediar y moderar los detonantes y las implicaciones de nuestras enunciaciones?
  • Confianza: ¿Es una propuesta en la que las personas pueden confiar?, ¿son nuestros procesos empáticos, compasivos, abiertos y transparentes?
  • Transformación: ¿Es aceptable la incertidumbre, la duda y el cuestionamiento? ¿Confiamos en el devenir, en sus posibilidades, fuerzas y afectos (en el sentido amplio)?

 

Ciertamente, habría que extender esta pequeña lista pues no podemos dejar que la conversación sea transitoria. Hace casi un año, después de las marchas mundiales del #8M, antes de que el COVID-19 sucediera, antes de la necesaria y urgente intensificación del movimiento Black Lives Matter  y antes de que en mi vecindario se estableciera el CHOP (Capitol Hill Occupy Protest), argumentaba que el museo –como lo hemos conocido– no es suficiente, pero tampoco lo es la red. Preparémonos para dejar atrás los prejuicios, para perder seguidores, para ser criticados, para ser retados, para poner lo social en el centro de nuestra práctica. El cambio exige resistencia, preparémonos para asumir el riesgo.

 

 

 

Lecturas y recursos recomendados:

 

 

 

 

Referencias

 

Carrillo, J. (2018). Democratic Institutions versus Culture Wars. En The Constituent Museum. Amesterdam: Valiz/L’internationale.

 

Donelli, F. (12 de diciembre de 2016). It’s time for a Humanity-Centered Design. Recuperado el 20 de abril de 2020, de Medium: https://medium.com/@fdonelli/its-time-for-a-humanity-centered-design-59f9fa551d8e

 

Fernández del Amo, I. (2020, junio 12). Hacia un museo social. Recuperado el 15 de junio de 2020, de Sin Miga: http://sinmiga.com/2020/06/12/hacia-un-museo-social/

 

Gonçalves, J. (2018). El Museo líquido: un museo que busca adaptarse a la sociedad de hoy. Diferents. Revista de museus(3), 24-37.

 

Hirsch, N. (18 de octubre de 2019). Conversaciones en torno a The Museum Is Not Enough. Frankfurt.

 

IF. (2020, marzo 30). Recuperado el 2 de mayo de 2020, de Society-centered design: https://societycentered.design/

 

 

*Imagen: “Balcony Concerts”, de Catherine Cordasco, para United Nations Global Call Out To Creatives – help stop the spread of COVID-19.

 

[1] Y por que tampoco se trata de aseverar que “todos” los museos funcionan de esta manera, el trabajo que ha llevado a cabo 2Museos (Bahía Blanca, Argentina) en su blog –especialmente los textos de Leandro Beier– y en su podcast han dado cuenta de una forma de trabajo que no solamente atiende a sus públicos, sino que rescata la pausa, la reflexión, el humor, y el cuidado entre todxs.

[2] Comento más sobre este tema en la conversación con Leticia Pérez, “¿Le podemos llamar público a la multitud hiperconectada?”, en el marco de la segunda edición de Museos 3.0, iniciativa de Alejandro Gómez Escorcia.

[3] Sobre todo aquellxs trabajadorxs de las áreas de seguridad y mantenimiento que aún han tenido que presentarse físicamente en los museos.

[4] Esto es posible cuando distintos niveles y extensiones de gobierno participan y colaboran en el mejoramiento de la vida de la ciudadanía.

[5] Los ejemplos en las redes sociales son innumerables y pueden verse día a día, pero aquellos desarrollados fuera de las redes sociales son los que quiero destacar aquí: En relación a alianzas con organizaciones educativas, el Elmhurst Art Museum (Illinois, USA) y el Bellevue Arts Museum (Washington, USA) han realizado colaboraciones con su distrito para llevar kits creativos (con actividades y materiales) a estudiantes en situaciones vulnerables; el equipo de Materia, Museo del Centro de Ciencias de Sinaloa (México) produjo miles de cubrebocas y máscaras protectoras; el Brooklyn Museum (New York, USA) se ha establecido como un centro de distribución de comida. Y, aunque no es un museo, otro ejemplo a rescatar es el trabajo del Instituto del Teatro de Madrid y la iniciativa “Teatro x teléfono”, que consiste en el que voluntarixs llamen a adultos mayores para leerles fragmentos de una obra; en México también están llevando a cabo un proyecto similar. Desconozco otros trabajos que estén sucediendo en Latinoamérica, aunque seguramente los hay y les pido que los compartan mucho, en todos lados y con todas las personas (y conmigo).

[6] Se han realizado estudios sobre el museo como espacios de bienestar, e incluso la visita al museo se ha planteado como una prescripción médica. Pero no es que por ser museo o por ser un producto museológico ya contiene esta carga.

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Historiadora del arte y maestra en museografía didáctica.

En constante estado de Nepantla, desde Seattle, trabaja para museos e instituciones culturales de México y Estados Unidos, en la asesoría estratégica y metodológica de las áreas educativas.

Es co-fundadora de NodoCultura.

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